Es una de esas asociaciones cinematográficas que se produce —o debería producirse— de forma automática. Si yo os digo Robert Mulligan vosotros deberíais estar pensando en...¡exacto! 'Matar a un ruiseñor' ('To Kill a Mockingbird', 1962) una obra maestra del séptimo arte que se alzaba en 1963 con tres Oscars y que debería haberle reportado al cineasta —por no hablar de la que tendría que haberse llevado Elmer Bernstein por la música— una más que merecida estatuilla que ese año le arrebató su directo competidor por el premio, el David Lean de 'Lawrence de Arabia' ('Lawrence of Arabia', 1962).
Sólo cuatro meses antes de que la adaptación de la fabulosa novela de Harper Lee nos dejara una de las mejores actuaciones que se le recuerdan al gran Gregory Peck, Mulligan estrenaba otro filme que no ha pasado a la historia del cine como sí lo ha hecho 'Matar a un ruiseñor' acaso por dos razones que se hacen obvias hoy, con cinco décadas de por medio. Una, que comparada con el otro filme del cineasta de ese año, 'Camino de la jungla' ('The Spiral Road', 1962) termine palideciendo en casi todos los aspectos que uno pueda imaginar. Dos, que para qué engañarnos, no estamos ante una producción que valga la pena recordar más allá de algún puntual detalle.
'Camino a la jungla', en busca de Dios
Buena parte de ella, desde su reparto al hecho de estar rodada de forma íntegra en localizaciones de Surinam, habla de ese espectáculo más grande que la vida que, arropado aquí por el relato del médico encarnado por Rock Hudson, tanto abundó tiempo atrás en la meca del cine. Pero, desafortunadamente, rascando de forma leve por debajo de su impecable pátina, lo que encontramos en 'Camino de la jungla' es una cinta desangelada y torpe con una narrativa plana que en ningún momento llega a implicar al espectador en la enorme odisea personal por la que se supone pasa el protagonista al que da vida el citado galán.
De hecho, asumiendo que la dirección de Mulligan y el montaje final ostenten momentos de tremenda torpeza, que el conjunto queda deslucido asimismo por un guión que avanza sin que haya ningún interés porque empaticemos con los personajes —con ninguno de ellos— y que a dicha carencia se añada un estridente tufillo religioso, mucha de la responsabilidad de que 'Camino a la jungla' no llegue más allá recae sobre los anchos hombros de Rock Hudson, todo un miscasting que demostraba aquí aquello que muchas veces se dijo en su época acerca de lo poco y mal que funcionaba el guapo actor fuera de las comedias románticas con o sin Doris Day de su lado.
En manos del primero, un intérprete que habría merecido una carrera de mayor relevancia que la que tuvo por más que fuera premiado con un Oscar por su extraordinario trabajo en la aún más extraordinaria 'Horizontes de grandeza' ('The Big Country', William Wyler, 1958) —aunque personalmente me quedaría con su papel en 'Al este del Edén' ('East of Eden', Elia Kazan, 1955)—, el veterano doctor que estudia la lepra en la isla de Java se merienda a Hudson de forma sistemática en cada escena que ambos comparten, y la cinta pierde interés a pasos agigantados cuando él desaparece de escena para dejar paso al protagonista principal.
'Camino a la jungla', la música
Siempre bajo el entendimiento de que dichas orquestaciones no tienen por qué ser fieles al lugar en el que se desarrolla la acción —esto es, que no es que encontremos aquí un estudio exhaustivo de la música propia de Java— y que responden de forma directa a la firme voluntad de trasladar al espectador a un ámbito geográfico concreto, las sonoridades que aquí combina Goldsmith logran de forma precisa dicho objetivo sin dejar ni un sólo momento, por supuesto, de hacer gala de la fuerte personalidad que sus trabajos ya ostentaban —cómo hemos venido diciendo semanas atrás— en estos primeros instantes de su trayectoria profesional.
Fuerte en la percusión y en los metales, y con el apunte étnico que aportan el tintineo de unas campanillas y las evocaciones que se arrancan a las cuerdas, el score de 'Camino de la jungla' adolece no obstante de una característica muy poco común en los trabajos de Goldsmith, su puntual e incorrecto maridaje con las imágenes a las que debe acompañar, no siendo extraña la sensación de que en diversas ocasiones lo potente de la partitura discurra por un sendero bien diferente a aquél por el que transitan las escenas. Pero como digo es algo puntual que no impide el que, como afirmaba más arriba, sea la banda sonora una de las dos mejores bazas de la producción.
Via:blog de cine
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