
Es muy complicado comentar las virtudes narrativas de 'Ventajas de viajar en tren' sin desvelar los resortes, los giros y los métodos que Aritz Moreno emplea para lanzar al espectador su poliédrica, negra y a la vez colorista visión de España y sus españoles, por mucho que el alcance de las miserias retratadas sea profundamente universal. Si conoces la novela de Antonio Orejudo en la que se inspira y adapta con fidelidad hasta el punto de tomar prestadas frases completas del texto original, sabes a qué nos referimos. Muy complicado.
Lo que sí se puede decir es que hace un equilibrio muy valioso entre el riesgo formal de una narración poco (o nada) fiable y las bases esenciales de una comedia tradicional: actores estupendamente dirigidos, gags con ritmo, ingenio visual y desparpajo verbal. Todo ello es el pegamento de un acertijo que Moreno, juguetón, invita al espectador a resolver.
Estas narraciones no se irán sucediendo, como cabría esperar, desplegándose unas desde dentro de sus vecinas, en una narrativa simétrica y exquisita. Como la vida misma (pero menos fea), las historias de 'Ventajas de viajar en tren' se contienen entre sí, pero no siempre: a veces se suceden, como en un film de episodios, a veces se anulan, y a veces se comentan. El espectador descubre, junto a los personajes, la magia oculta tras el acto de contar una historia, una cualquiera. Un acto que siempre, como mínimo, lleva unas cuantas mentiras a cuestas.
'Ventajas de viajar en tren': Vamos a contar mentiras
Nada de eso realmente importa porque, como se suele decir, lo importante es el viaje. No el viaje en tren, sino el viaje por todas estas vidas de majaderos que se entrecruzan entre sí, como una versión esperpéntica de una película de Richard Altman. Y buena parte del mérito de que resulten tan magnéticas, además de un medidísimo guion de Javier Gullón (que ya se enfrentó a otra adaptación complicada, 'Enemy' a partir de 'El hombre duplicado' de Saramago) está en los actores: a los mencionados se suman Luis Tosar, Macarena García, Javier Botet o Belén Cuesta, entre otros.
Quizás habría cabido exigir al director algo más de claroscuros en la puesta en escena, que a veces tira por recursos propios del primer Javier Fesser para inyectar caricatura en sus historias, y en unos casos funciona mejor que en otros. Cuando la película se pone grave -el tramo de los niños víctimas de la guerra es escalofriante-, no resulta tan aterradora como debería, pero son detalles menores: el tono de tragicomedia grotesca se sostiene con brillantez toda la película, y el resultado es un memorable experimento visual sobre el poder de una buena mentira.
Via:espinof
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