'The Boys' ya no parece exagerada: cómo la situación política actual ha superado la mejor serie de superhéroes de Prime Video
La última temporada de 'The Boys',
la serie de mayor éxito de Prime Video, acaba de aterrizar en la
plataforma de streaming con el estreno de sus dos primeros capítulos,
que sientan las bases de lo que promete ser la batalla final entre
Patriota, Soldier Boy, Vought y compañía frente a Hughie, Carnicero, Luz
Estelar y el resto de los rebeldes. Pero si esperas una contienda épica
a lo 'Vengadores: Endgame', empieza a bajar tus pretensiones porque
esta temporada, como ya apuntaban las anteriores, juega a otra cosa y tiene más que ver con la lucha de poder político que con una epopeya grandilocuente y heroica.
Con la irreverencia habitual de Garth Ennis, creador de otro gran ejemplo de blasfemia, violencia gratuita y perversión también adaptado a la pequeña pantalla como es 'Predicador', el boom inicial de 'The Boys' siguió un patrón similar al que se vivió en su día con, por ejemplo, 'South Park'. Si aquella empezó a ser conocida como "la serie esa de los dibujitos que dicen palabrotas", el show escrito por Eric Kripke se presentó como una respuesta a los films 'para toda la familia' de Marvel y DC con superhéroes manteniendo todo tipo de retorcidas relaciones sexuales, sangre y casquería invadiendo a chorros la pantalla y un gamberrismo generalizado como señas de identidad. Pero, poco a poco, la sátira política que era más evidente en papel ha ido ganando terreno en la serie de televisión hasta convertirse en el meollo sobre el que se articula todo lo demás.
La premisa inicial de 'The Boys', primero en los cómics y luego en la serie de Prime Video, era muy clara: ¿Qué pasaría si el mundo estuviese dominado por superhéroes que pudieran hacer lo que quisiesen sin que nadie tuviera la capacidad de detenerlos? ¿Y si Superman, el ser más poderoso del universo, fuese un auténtico gilipollas con complejo de dios? De cara al público, solo importa la imagen que se proyecta, el sonreír a la cámara, mostrar un comportamiento ejemplar, mentir como bellacos. De puertas para adentro, sale a relucir su verdadera cara: abusos, asesinatos, violaciones, torturas... y un total desprecio por la raza humana, 'inferior' frente a los que tienen superpoderes.
La serie nos situaba en un presente aterrador en el que una sola persona, totalmente engullida por el ego y el narcisismo, decidía desde su trono cualquier atrocidad y todos los que estaban a su alrededor acataban la orden por miedo a las represalias. Los que se supone que estaban al servicio del pueblo no miraban más allá de su ombligo, buscando obtener el mayor beneficio personal a costa de lo que sea y de quien sea. Una realidad en la que los discursos de odio se usaban para polarizar a la población, criminalizar al enemigo político con falsas acusaciones y manipular a los habitantes de un país para que se enfrenten, a muerte si es necesario, por defender unas ideas vacías.



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