De hundir la carrera de Buster Keaton a obra maestra del cine: 100 años de 'El maquinista de la General', el rodaje más ambicioso y temerario de la era muda


 La Guerra de Secesión estadounidense tuvo lugar entre abril de 1861 y mayo de 1865, cuando varios de los estados sureños que hasta ese momento formaban parte del país se separaron creando la Confederación, una nueva propuesta de estado que defendía la esclavitud de las personas afroamericanas, y que además también promovía su extensión hacia el Salvaje Oeste. En el otro lado se situaba la Unión, formada por los estados del norte, capitaneados por el gobierno nacional presidido por Abraham Lincoln, quienes se oponían a la esclavitud y luchaban por su abolición en todo el territorio. En este contexto, cuando se cumplía exactamente un año del comienzo del conflicto bélico, tuvo lugar un famoso incidente que más tarde coparía los libros de historia, conocido como la gran persecución en locomotora, o la incursión de Andrews.

En ella, un civil perteneciente al bando de la Unión, James J. Andrews, se adentró en territorio confederado junto a una veintena de soldados voluntarios para llevar a cabo una hábil pero arriesgada maniobra secreta en la que lograron boicotear las comunicaciones por telégrafo y la línea ferroviaria, interrumpiendo la llegada de suministros al ejército de la Confederación. Para llevar a cabo su fuga, robaron una locomotora conocida como la ‘General’ y huyeron de vuelta al norte, sembrando a su paso el mayor caos posible. Para tratar de alcanzarlos, el maquinista original de la ‘General’, William Aller Fuller, inició una desesperada persecución tras su locomotora robada a lo largo de más de 80 kilómetros. Finalmente, cuando el ejército confederado pudo restablecer las comunicaciones, lograron enviar un mensaje a la estación de Chattanooga para que interceptaran el paso de la ‘General’ y detuviesen a los saboteadores, quienes más tarde fueron juzgados y condenados a morir en la horca.

De una audaz misión de sabotaje a la inspiración de una futura obra maestra

Esta operación militar fue descrita de manera minuciosa en la novela ‘La gran persecución en locomotora’, publicada en 1889, una autobiografía escrita por William Pittenberg, uno de los soldados voluntarios de la Unión que formó parte del equipo de saboteadores que robó la ‘General’. Pittenberg logró escapar de la ejecución milagrosamente tras ser detenido en Chattanooga por los confederados, y varias décadas después de la finalización del conflicto dejó patente su experiencia en esta incursión a través de sus memorias. Curiosamente, la novela llegó a principios de 1926 a manos de Clyde Bruckman, uno de los talentos más arrolladores que haya dado la comedia hollywoodiense en toda su historia. Bruckman, famoso guionista y director de películas mudas, pasó a la historia por ser la mente creativa detrás de algunos de los sketches más míticos y descacharrantes de figuras clave del humor estadounidense como W. C. Fields, Harold Lloyd, el Gordo y el Flaco, o Abbott y Costello.

Sin embargo, a lo largo de su distinguida trayectoria, Bruckman solamente vio superado su ingenio por el de otro superdotado del medio, el legendario Buster Keaton, quien le abrió las puertas de la industria cinematográfica y con quien colaboró de manera regular durante años formando parte del equipo de guionistas que escribían los gags de sus cortometrajes, junto a Joseph Mitchell y Jean Havez. Durante más de un lustro, las tres mentes creativas trabajaron de manera conjunta devanándose los sesos por tratar de encontrar nuevas fórmulas que arrancasen las risas generalizadas de la audiencia, pero a pesar de sus esfuerzos, siempre veían cómo el breve paso que Keaton realizaba por la oficina con el fin de controlar sus avances, se saldaba por su parte con una nueva idea original, innovadora y rompedora que echaba por tierra todas sus horas de trabajo.

Keaton tenía una facilidad innata para la comedia física, fruto de su formación en el vodevil, donde debutó junto a sus padres, una pareja de artistas, a la tierna edad de tres años. Según explicó el propio actor y cineasta muchos años después, el apodo de Buster se lo puso el famoso escapista Harry Houdini, después de que a la edad de seis meses cayera por unas empinadas escaleras sin sufrir daño alguno. La vida de Keaton siempre estuvo ligada al mundo del espectáculo, y pasó toda su infancia realizando un número cómico junto a su padre que consistía en que el progenitor, simulando estar enfadado por las trastadas de su retoño, lanzase a Keaton por los aires, estampándolo contra el escenario y haciendo que sufriera todo tipo de trompadas, lo que desencadenó denuncias y llamó en numerosas ocasiones la atención de las servicios sociales. Poco después de la mayoría de edad, el alcoholismo de su padre hizo fracasar el espectáculo, y el propio Buster fue llamado a filas para luchar en Francia durante la Primera Guerra Mundial.

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El actor Buster Keaton deshoja una flor.

A su regreso, el artista se instaló en Nueva York, donde había pasado una temporada antes de su movilización, y donde había tenido la oportunidad de debutar brevemente en el cine de la mano de Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, una popular estrella de la comedia muda a quien se le atribuye el descubrimiento de figuras como Charles Chaplin, Bob Hope, y el propio Keaton; y que en aquel momento era el intérprete mejor pagado de todo Hollywood. Arbuckle, a quien se le considera el promotor del famoso gag del tartazo en la cara, se distinguía por sus proezas en pantalla y por el dominio del lenguaje físico que tenía a pesar de su gran sobrepeso, y su enorme popularidad le abrió a Keaton las puertas de la industria, siendo a menudo su co-protagonista. Sin embargo, Arbuckle se vio inmerso en un mediático escándalo que acaparó la atención de toda la prensa sensacionalista cuando en septiembre de 1921 fue acusado del asesinato de la joven aspirante a actriz Virgnia Rappe durante la celebración de una fiesta, a quien presumiblemente habría penetrado con una botella de cristal causándola la muerte. Así pues, Arbuckle estuvo involucrado durante los siguientes años en un complejo proceso judicial para limpiar su imagen, que fue seguido con gran interés por toda la población del país. Pero a pesar de que el veredicto final le declaró inocente y fue absuelto de todos los cargos, su imagen quedó irremediablemente dañada para siempre y su carrera se terminó, dejando a Keaton sin ningún padrino dentro de la industria.

Sin embargo, tras la caída en desgracia de Arbuckle, su productor, Joseph M. Schenck, decidió apostar por Keaton y le proporcionó el capital para que pudiera producir sus propios cortometrajes, en los que tenía total libertad creativa. La lógica evolución del medio hizo que la duración de las películas comenzasen a incrementarse con el fin de desarrollar adecuadamente sus narrativas, y a mediados de la década de los 20, Keaton se había convertido en uno de los actores más famosos del mundo gracias a una serie de obras maestras como ‘Las tres edades’ (Buster Keaton, Edward F. Cline, 1923), ‘La ley de la hospitalidad’ (Buster Keaton, John G. Blystone, 1923), ‘El navegante’ (Donald Crisp, Buster Keaton, 1924), ‘El moderno Sherlock Holmes’ (Buster Keaton, 1924), o ‘Siete ocasiones’ (Buster Keaton, 1925), que popularizaron su imagen, en la que frecuentemente aparecía ataviado con una corbata de lazo y un sombrero pastel de cerdo, además de su clásica inexpresión facial.

El rey de la comedia muda encuentra su próximo gran desafío

Volviendo a comienzos de 1926, cuando Bruckman comentó con Keaton que acababa de finalizar la lectura de la novela ‘La gran persecución en locomotora’, ambos encontraron el tema lo suficientemente atractivo como para realizar una adaptación a la gran pantalla. Sin embargo, Keaton creyó que era más oportuno cambiar el punto de vista, y ensalzar a los Confederados como los héroes de la historia, ya que pensaba que el público no aceptaría verlos convertidos en villanos. De este modo, Keaton y Bruckman comenzaron la escritura del libreto de manera conjunta, aunque como de costumbre, fue el propio Keaton quien tuvo el mayor peso a la hora de desarrollar la historia y de crear tanto el diseño de producción como los gags más memorables. Así pues, la trama se abordó desde la perspectiva del maquinista de la ‘General’, Johnny Gray, interpretado por Keaton, un personaje que realiza todo tipo de sacrificios y supera todos los obstáculos para recuperar su locomotora de las manos de los malvados soldados de la Unión.

Joseph M. Schenk dotó de 400.000 dólares de la época a la producción para llevar a cabo una obra que le proporcionase un éxito sin precedentes a la United Artist. En un principio, la idea era trasladar el set de rodaje a las localizaciones originales en las que tuvo lugar este incidente durante la Guerra de Secesión. Con la vista puesta en esta posibilidad, Keaton negoció el arrendamiento de la auténtica ‘General’ con su propietaria, la compañía ferroviaria NC&StL. En aquel momento, la locomotora se exhibía en la Chattanooga Union Station, y desde la compañía se dio luz verde a su utilización en el filme para exhibir uno de los símbolos de los que los estados sureños se sentían más orgullosos. Pero poco más tarde, cuando se tuvo conocimiento de que la cinta se trataba de una comedia, dieron marcha atrás y denegaron su cesión, pensando que el tono humorístico de la historia frivolizaría y ridiculizaría la solemnidad de aquella vieja locomotora, lo que echó por tierra los planes de Keaton.

En vista de que no podría recrear con total fidelidad el evento histórico, Buster Keaton envió a su jefe de localizaciones a recorrer todo el país. Tras unas semanas de búsqueda, se encontró una zona cercana a la pequeña población de Cottage Grove, ubicada en el condado de Lane, en Oregón, cuyos paisajes guardaban una gran similitud con las ubicaciones reales, y que además todavía mantenía una antigua vía ferroviaria de madera que más tarde se usó para otras míticas películas como ‘El emperador del norte’ (Robert Aldrich, 1973) o ‘Cuenta conmigo’ (Rob Reiner, 1986), antes de que fuera desmantelada en 1994. Así pues, todo el rodaje se desplazó hasta Cottage Grove, y una vez allí, la producción del filme compró a la compañía Oregon, Pacific and Eastern Railway tres antiguas locomotoras de la época de la Guerra de Secesión que encajaban a la perfección en las desvencijadas vías de madera. Durante las siguientes semanas, los responsables de escenografía construyeron junto a Cottage Grove los decorados de la ciudad de Marietta, ubicada en Georgia, donde sucedía parte de la acción de la cinta, dotándola convenientemente de todos los detalles para su ambientación en la década de 1860. Para ello, fueron enviados 18 vagones de carga hasta la ciudad repletos de todo tipo de estructuras y utilería, tales como carretas, diligencias, casas antiguas, y hasta varios cañones antiguos para rodar las secuencias de acción.

Locomotoras auténticas, un pueblo entero y el rodaje más ambicioso de Keaton

Mientras los trabajadores y técnicos se ocupaban de la construcción de los decorados de Marietta, Keaton empleó este tiempo para afinar el guion, diseñar las secuencias bélicas que requerían de grandes efectos pirotécnicos, y fundamentalmente, a prepararse para su personaje, para el que se dejó crecer una larga cabellera. También terminó de ultimar el casting, fichando a la actriz Marion Mack para el papel de Annabella Lee, una joven sureña de la que el protagonista está enamorado. Mack había saltado a la fama brevemente por formar parte de las denominadas ‘bellezas bañistas de Sennett’, un grupo de aspirantes a actrices, que comenzaron sus carreras actuando como extras en películas mudas del productor Mark Sennet, donde aparecían frecuentemente en traje de baño. La pertenencia a este grupo no siempre aseguraba el éxito posterior, pero actrices como Gloria Swanson o Carole Lombard habían hecho despegar sus carreras al desfilar primero en traje de baño por la gran pantalla. Mack llegó al set de rodaje con cierto aire de diva, pero durante las primeras semanas Keaton la ignoró por completo para atender otros aspectos más prioritarios para la película, lo que desató un cierto recelo en la actriz.

Cuando todos los preparativos estuvieron listos, Keaton inició el rodaje a comienzos de junio de aquel mismo año. Para ello, la producción contó con hasta 3.000 empleados, de los cuales, más de la mitad eran habitantes de Cottage Grove, cuya población se volcó del tal modo con el rodaje del filme que incluso paralizaron el servicio de trenes en la ciudad hasta la finalización del mismo para no crear más interferencias en la producción. La grabación, capitaneada por Keaton, fue desde el principio lenta y reposada, dentro de los estándares de la época.

Con esta estrategia, el actor y director pretendía ganar tiempo para ensamblar debidamente la historia del guion, elegir los diferentes tiros de cámara, y crear un agradable ambiente de trabajo. En este sentido, los rodajes se pausaban de manera habitual para que tanto los técnicos que trabajaban en la producción como los miembros del reparto se enfrentasen a los ciudadanos de Cottage Grove en una serie de disputados partidos de béisbol, en los que Keaton pudo demostrar un talento y una habilidad tan grande para este deporte que a menudo era invitado por todos los asistentes a abandonar la profesión interpretativa y probar fortuna en las ligas profesionales. Este entrañable y familiar ambiente se hizo extensible al resto del reparto, y pronto el recelo inicial que Marion Mack había sentido por Buster Keaton fue desapareciendo paulatinamente gracias a su agradable humor, y a las divertidas y bienintencionadas bromas que le gastaba durante las jornadas de trabajo.

Como ya venía siendo habitual a lo largo de toda su carrera, Keaton asumió personalmente la totalidad de sus tomas sin ayuda de especialistas. Precisamente, esta fue la película en la que el actor y cineasta llevó a cabo algunas de las acrobacias más arriesgadas de toda su filmografía, tras saltar en marcha de la locomotora, correr por encima del techo de los vagones, o sentarse sobre las bielas de acoplamiento que conectan las ruedas mientras el tren viajaba a toda máquina, lo que en caso de accidente habría acabado instantáneamente con su vida.

Aunque la totalidad de estas tomas requerían un gran riesgo, Keaton las llevó a cabo satisfactoriamente sin gran esfuerzo, demostrando su increíble talento y destreza; especialmente en la secuencia en la que va sentado sobre el parachoques delantero de la locomotora, desde donde debe lanzar algunas traviesas de madera para retirar otras traviesas dispuestas por los villanos en las vías de tal manera que hicieran descarrilar el tren. Un solo fallo en esta escena, que el propio Keaton completó a la perfección en una sola toma, habría supuesto el descarrilamiento real del tren. Además, a medida que avanzaba el rodaje, Buster Keaton quiso rendir su propio homenaje a su padre, Joe Keaton, ofreciéndole el papel del general de la Unión, y también mostró a los directores de fotografía, Bert Haines y J. D. Jennings, un libro que compilaba una serie de instantáneas que el fotógrafo del siglo XIX, Matthew Brady, tomó personalmente durante la Guerra de Secesión con el fin de documentar la contienda, siendo este trabajo la principal inspiración del filme.

Acrobacias imposibles, incendios y una producción al borde del desastre

No obstante, a pesar de la buena disposición que mostró el desorbitado número de personas implicadas en la película, el enfoque de trabajo que había adoptado Keaton hizo que los presupuestos se disparasen de una manera desmesurada, siendo este el principal escollo al que el cineasta tuvo que hacer frente para sacar su obra adelante. La ingente cantidad de extras que precisó la cinta, entre los que se encontraban 500 efectivos de la Guardia Nacional de Oregón, hizo que hubiera que pagar a un inusual número de actores no profesionales, y la propia United Artist explicó a través de un comunicado de prensa que el rodaje estaba costando a los estudios la friolera de 400 dólares de la época a la hora. Además, también hubo que costear otro tipo de problemas que se fueron sucediendo a medida que el rodaje se desarrollaba, y cuando algunos de los trabajadores del set sufrieron accidentes laborales, la producción tuvo que indemnizarlos, lo que supuso pérdidas por valor de varios miles de dólares.

buster keaton el maquinista de la general
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Por otra parte, el motor de combustión de las locomotoras y las escenas que requerían del uso de los cañones y de los efectos pirotécnicos para simular el caos de la guerra provocaron una serie de incendios, que habitualmente afectaban a los pajares propiedad de los habitantes de Cottage Grove, por lo que también hubo que indemnizar a todos y cada uno de los afectados. En una ocasión, uno de los fuegos que se originaron se descontroló, y todos los trabajadores del set, con Keaton a la cabeza, se unieron a los vecinos para tratar de extinguirlo. Sin embargo, las llamas eran demasiado poderosas, y muchas de las hectáreas del bosque en el que se situaba el set comenzaron a consumirse rápidamente. Esto obligó a que la filmación se tuviera que posponer temporalmente, y tanto Buster Keaton como el resto del equipo regresaron a Los Ángeles a comienzos de agosto hasta que el incendio fuera controlado. Una vez que las llamas se extinguieron, el equipo se preparó para regresar a Cottage Grove, pero pospusieron nuevamente su regreso a causa de un exceso de humo que impedía el normal funcionamiento del set.

Finalmente, a finales de mes las lluvias disiparon por completo el humo, pero para entonces estos retrasos se habían traducido en un incremento de otros 50.000 dólares de gastos extras para el proyecto. A todo ello hubo que sumar el delirio creativo que se apoderó del propio Keaton, quien por primera vez en su carrera antepuso su visión innovadora por encima de las limitaciones presupuestarias, mandando construir puentes, e incluso presas, con el fin de hacer aumentar o disminuir el caudal del río en puntos estratégicos según precisase. Cuando Schenk supervisó las cuentas, los gastos habían ascendido de 400.000 dólares a cerca de un millón, así que lleno de ira decidió personarse en el rodaje para reprender a Keaton y tratar de tomar las riendas para evitar que el filme se convirtiera en un pozo sin fondo.

No obstante, para entonces ya había sido programada el rodaje del clímax final de la cinta, en la que una locomotora se precipitaría al vacío mientras trataba de atravesar un puente en llamas, algo que supondría un coste adicional de otros 50.000 dólares, lo que la convirtió en la escena más cara de la historia del cine en aquel momento. Lejos de intentar acometer la escena con algún truco óptico, como las transparencias o las maquetas a escala, para tratar de recortar presupuesto, Keaton se propuso filmar realmente el derrumbamiento de un puente haciendo que una de las tres locomotoras, bautizada como ‘Texas’, se precipitase desde una altura de más de 15 metros hasta caer al río. El rodaje de la toma requería de una minuciosa preparación, ya que solo se dispondría de una sola oportunidad para rodarla, lo que despertó una gran expectativa entre los habitantes de Cotton Grove, que declararon el día festivo para que todo el mundo pudiera presenciarlo.

El nerviosismo se apoderó tanto del equipo de filmación como del público asistente, a causa de una serie de innumerables pruebas que se llevaron a cabo para asegurar el éxito de la toma, y que retrasaron su rodaje por más de cuatro horas. Keaton utilizó seis cámaras diferentes para grabar la caída del ferrocarril desde varios ángulos distintos, y cuando todo estuvo preparado, finalmente la ‘Texas’ comenzó a cruzar el puente consumido por las llamas a toda velocidad ante la atenta mirada de 4.000 personas. Keaton logró hacer que la locomotora cayese en el momento adecuado, efectuando así una de las tomas más difíciles de todos los tiempos. Sus restos quedaron varados en el fondo del río, y durante los años siguientes el lugar se convirtió en una atracción turística, hasta que el tren fue desmantelado, y sus restos fueron usados para chatarra durante la Segunda Guerra Mundial.

El fracaso que acabó convirtiéndose en una leyenda del cine

Una vez que el rodaje terminó, Buster Keaton había grabado más de 60 kilómetros de rollo de película, por lo que se inició un arduo proceso en la sala de montaje para seleccionar las mejores tomas. Su estreno mundial tuvo lugar el 31 de diciembre de 1926 en dos pequeños teatros de Tokio, en Japón; pero su estreno en tierras estadounidenses estaba programado para comienzos de enero del 27. Sin embargo, tras el apabullante éxito en taquilla de ‘El demonio y la carne’ (Clarence Brown, 1926), protagonizada por Greta Garbo y John Gilbert, la distribuidora prefirió no competir con ella en cartelera y prefirió retrasar unas semanas más su estreno, que finalmente tuvo lugar en el Teatro Capitol de Nueva York a finales de aquel mismo mes. El motor de la auténtica ‘General’ estuvo colgado en el vestíbulo del teatro en una hábil estrategia publicitaria, pero sin embargo nada hizo que el filme supusiera un enorme fracaso para la crítica especializada, que no entendieron su combinación de drama y humor, y que catalogaron a la cinta de ser un filme muy poco entretenido. Los resultados en taquilla no fueron mucho más halagüeños, recaudando en Estados Unidos unos 475.000 dólares, una cifra muy por debajo de la inversión realizada para llevarla a cabo. Este enorme fiasco hizo que el productor Joseph M. Schenck se deshiciera de Keaton vendiendo su contrato a la Metro-Goldwyn-Mayer, una jugada que no permitiría que el genial actor y director dispusiera nunca más de un control creativo total sobre tu obra, lo que acabó empujándolo al alcoholismo y terminando finalmente con su carrera.

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A pesar de ello, Keaton siempre estuvo enormemente orgulloso de su obra, siendo la que más le gustaba de todas las que realizó a lo largo de su carrera, tal y como él mismo afirmó en una entrevista en 1963: “Estaba más orgulloso de esa película que de ninguna otra que haya hecho. Porque tomé un hecho real de los libros de historia y, además, conté la historia con detalle”. Keaton no fue el único, ya que grandes nombres del panorama cinematográfico la reivindicaron años más tarde, como por ejemplo el aclamado crítico Roger Ebert, el cineasta mexicano Guillermo del Toro, o el legendario Orson Welles, quien aseguró que ‘El maquinista de la General’ (Buster Keaton, Clyde Bruckman, 1927) es “la mejor comedia jamás hecha, la mejor película sobre la Guerra de Secesión jamás hecha, y quizás la mejor película jamás hecha”, y aunque tras su estreno el filme fue vilipendiado de manera unánime, solo el tiempo la reconoció como un clásico de culto incontestable, y como una de las mejores películas de la historia del séptimo arte.

Texto;Por Fernando Sánchez

Foto/Via: Fotogramas 

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