La terrible infancia de Marilyn Monroe: cómo una niña sobrevivió al infierno antes de convertirse en la mayor estrella de Hollywood

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El 1 de junio de 1926 tuvo lugar el nacimiento de una de las estrellas más universales y más influyentes de toda la historia del séptimo arte: Marilyn Monroe. Sin embargo, su traumática infancia y su difícil adolescencia la llevaron a recorrer un larguísimo camino antes de convertirse en la diva de la gran pantalla, la musa artística, y el símbolo sexual por excelencia de la década de los 50 que se hizo mundialmente conocido para todo el mundo.

Los precedentes familiares que más tarde marcarían su infancia

Las circunstancias que precedieron al nacimiento de la estrella de Hollywood no fueron del todo favorecedoras, ya que su madre, Gladys Monroe, sufrió grandes calamidades antes de darla a luz. La historia de Gladys se remonta a su propio nacimiento en la pequeña ciudad mexicana de Piedras Negras, ubicada en el estado de Coahuila, una región que hace frontera con Texas. Allí nació fruto de un humilde matrimonio de estadounidenses proveniente del Medio Oeste que se había trasladado hasta aquel lugar en busca de un sustento como pintor de vagones en el ferrocarril mexicano.

Cuando Gladys contaba con un año de edad, su familia se trasladó a Los Ángeles, pero su infancia pronto se vio marcada por una gran inestabilidad producida por la neurosífilis que padecía su padre, quien a menudo sufría terribles ataques de ira, migrañas y dolores insufribles que su progenitor trataba de calmar a golpe de alcohol. Finalmente, su padre tuvo que ser internado en un hospital, donde poco tiempo después murió a causa de la enfermedad. Fue entonces cuando la madre de Gladys y abuela de Marilyn Monroe, Della Mae Monroe, inició una serie de tormentosos romances que la dejaron marcada para siempre: primero con el jefe de su primer marido, más tarde con un granjero alcohólico, y finalmente con un hombre divorciado con el que tuvo una relación intermitente, siendo todos ellos notablemente más mayores en edad que ella.

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Este gusto por los hombres mayores también lo heredó Gladys, quien a los 14 años inició un romance con un hombre de negocios de Kentucky llamado Jasper Baker. Poco más tarde, los dos se casaron, mintiendo para ello a las autoridades judiciales sobre la verdadera edad de Gladys; pero el sueño se tornó pesadilla y la todavía adolescente fue víctima de malos tratos por parte de su marido de manera sistemática. A pesar de ello, durante los siguientes años Gladys dio a luz a dos hijos, pero esto no frenó los terribles casos de violencia machista que sufría a causa del desaforado alcoholismo de Jasper. Tras una serie de abusos sexuales, la joven trató de poner fin a su infierno y denunció a su esposo ante la justicia, obteniendo el divorcio y la custodia de sus hijos. Sin embargo, Jasper secuestró a los dos niños y se los llevó consigo de vuelta a Kentucky, donde fueron criados primero por su abuela paterna y más tarde por la segunda esposa de su padre. Gladys siguió a sus hijos y también se trasladó brevemente a Kentucky, donde trató de recuperarlos antes la pasividad de las autoridades, un propósito que tuvo que abandonar cuando estuvo a punto de perder la vida tras una nueva paliza de su exmarido.

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Estos acontecimientos marcaron para siempre la ya de por sí mermada salud mental de Gladys, quien emulando a su propio padre trató de encontrar consuelo en el alcoholismo. Para superar el dolor, se trasladó a Hollywood, donde encontró trabajo como montajista de películas en los famosos estudios RKO Pictures. A pesar de que inicialmente, Gladys era vista por el resto de sus compañeros como una mujer extremadamente introvertida y aparentemente carente de emociones, poco a poco fue trabando una gran amistad con una de sus compañeras, Grace McKee, y se instaló junto a ella en un apartamento al este de la ciudad.

Desde entonces, ambas comenzaron a disfrutar de los felices años 20 adoptando el estilo de las ‘flapper girls’, desafiando de este modo al puritanismo social y sexual de la época de un modo desinhibido al mostrarse bebiendo o fumando en público, ligando con chicos y bailando música jazz de manera desenfrenada. Gracias a este brusco cambio conoció a Martin Edward Mortensen, un joven perteneciente a una familia de inmigrantes noruegos con el que se casó atraída por la vida estable que le podía proporcionar. Sin embargo, tan solo unos pocos meses más tarde, Gladys se aburrió de su segundo marido, y le abandonó, aunque para ello no solicitó formalmente el divorcio.

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A partir de entonces comenzó una serie de aventuras románticas con un buen número de hombres hasta que conoció a Charles Stanley Gifford, quien era su superior directo en la RKO. Gifford, un mujeriego empedernido, acababa de separarse de su esposa, y ambos comenzaron una relación que se complicó cuando a los pocos meses Gladys quedó embarazada. La familia de Gifford no aprobaron su relación con una mujer divorciada en dos ocasiones que no había sido capaz de criar a sus propios hijos, y cuando iba a dar a luz, Gifford la abandonó para regresar con su esposa, a la que le ocultó el nacimiento del bebé. Cuando nació, Gladys inscribió a su hija recién nacida con el nombre de Norma Jeane Mortenson, aunque el mundo entero la conocería años más tarde por su nombre artístico, Marilyn Monroe.

La tormentosa infancia de la estrella

En la partida de nacimiento, Gladys puso a su hija su apellido de soltera, y como legalmente aún continuaba casada con él, inscribió a Mortensen como su padre biológico. Sin embargo, el nacimiento de su tercera hija supuso un nuevo golpe para ella, ya que no se encontraba ni económica, ni psicológicamente preparada para hacerse cargo de ella, y tampoco había sido capaz de reponerse del trauma que le supuso el secuestro de sus dos primeros hijos por parte de su exmarido. Todo ello la desestabilizó mentalmente. Además, Gladys sufrió una terrible depresión postparto que la imposibilitó hacerse cargo de la pequeña Norma, motivo por el que su amiga Grace pasó las primeras semanas con ella, salvando de la muerte al bebé cuando una enajenada Gladys trató de apuñalarla con un cuchillo.

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A tenor de estos sucesos, Gladys dejó a Norma con una familia de acogida, los Bolender, unos cristianos evangélicos que vivían en la pequeña comunidad rural de Hawthorne, a 26 kilómetros de Hollywood, instalándose ella también con el matrimonio durante los primeros meses. Sin embargo, cuando la pequeña cumplió medio año de vida, su madre tuvo que regresar a Hollywood, dejando a su hija a cargo de los Bolender, a los que pagaba mensualmente una suma por su manutención. A pesar de que al principio Gladys visitaba todos los fines de semana a su hija, poco a poco dejó de hacerlo, y sus visitas se volvieron cada vez más esporádicas.

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Poco antes de cumplir un año de edad, Gladys recogió a Norma y juntas se fueron a vivir a casa de la anciana abuela de la futura estrella, Della Mae Monroe, quien se encontraba gravemente enferma a causa de una serie de problemas cardiorrespiratorios, pero también de una psicosis maníaco-depresiva que la provocaba alucinaciones. Las tres vivieron juntas, y durante este tiempo los delirios de la anciana estuvieron a punto de llevarla a acabar con la vida de la bebé, a la que trató de asfixiar con una almohada. Esta estancia se prolongó durante algunos meses, hasta el fallecimiento de la anciana, y después Norma regresó al hogar de los Bolender, mientras que Gladys volvió a ausentarse. Durante estos primeros años de su vida, la pareja de religiosos proporcionó una educación y unos valores a la pequeña Norma, a la que trataron de ofrecerle una vida normal. Pero en 1933, cuando la joven contaba con 7 años de edad, se mudó junto a su madre a una modesta casa que había comprado en Hollywood. Para poder hacer frente a los pagos de la vivienda, Gladys decidió alquilar parte del hogar a una familia de intérpretes británicos, los Atkinson. Sin embargo, unos meses más tarde, Gladys sufrió un terrible colapso mental a causa de la muerte de su primer hijo, su enorme inestabilidad laboral, el suicidio de su abuelo y una severa depresión. Durante algún tiempo, su amiga Grace y la pequeña Norma trataron de cuidarla, pero tras una reacción violenta a los fármacos que le habían sido recetados hubo que internarla en un psiquiátrico.

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Así pues, Norma se quedó al cuidado de los inquilinos que vivían en su casa, los Atkinson, y entonces fue como el marido se reveló como un pedófilo que abusó sexualmente de la pequeña de manera reiterada, creándole un trauma de grandes proporciones que fue latente a través de un repentino problema de tartamudez y un inesperado cambio en su personalidad en el que destacó su enorme introversión. A causa de su extraño comportamiento, la amiga de su madre, Grace, la acogió en su casa temporalmente junto a su marido Doc Goddard. Grace se ocupó de tratar de buscar algunas otras familias de acogida que se hicieran cargo de la pequeña, pero tras varias experiencias fallidas, y presionada por su propio marido, decidió internarla en un orfanato en 1935. Allí pasó el siguiente año de vida recibiendo los cuidados necesarios y una vida más o menos digna, pero eso no cambió el sentimiento de abandono que la pequeña Norma desarrolló, así que a petición de la institución, Grace se convirtió en su tutora legal en 1935, aunque tras este cambio legal tardó un año más en sacarla del hospicio. Su regreso al hogar de los Goddard fue del todo traumático, y el marido de Grace, Doc, comenzó a abusar sexualmente de ella en repetidas ocasiones durante sus momentos de embriaguez.

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Grace trató de buscar alguna solución a los incomprensibles pero bien justificados traumas de la niña, y logró que varios de sus familiares la acogieran durante algún tiempo en sus casas. Finalmente Norma encontró la estabilidad tras comenzar a vivir con la anciana tía de Grace, Ana Lower, una mujer que practicaba la ciencia cristiana y con la que vivió durante tres años, comenzando sus estudios de secundaria. Pero en 1941, la salud de Lower comenzó a deteriorarse, y Norma tuvo que regresar con los Goddard, algo que trató de evitar a toda costa. Para su fortuna, al poco tiempo de regresar con ellos, Doc Goddard fue trasladado a Virginia, y a causa de las leyes referentes a los menores de edad, Norma Jeane no podía acompañarse fuera del estado de California, por lo que la única salida que tenía era su regreso al orfanato.

Un matrimonio forzado y sus inicios en el mundo del modelaje

Para evitar su vuelta al orfanato, Monroe decidió casarse a los 16 años con el hijo de sus vecinos, James Dougherty, de 21, en junio de 1942, aunque rápidamente se dio cuenta de que no tenía ningún interés en él. A los seis meses del matrimonio, Dougherty se alistó en la marina mercante, y fue trasladado a la isla de Santa Catalina, desde donde un año más tarde fue movilizado por el ejército estadounidense y enviado al Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo, Norma se había mudado a la casa de sus suegros y había comenzado a trabajar en la cadena de montaje de una fábrica armamentística. Allí fue donde conoció al fotógrafo David Conover, quien asistió a la fábrica para hacer un reportaje fotográfico sobre cómo toda la sociedad estadounidense estaba implicada en la derrota del enemigo. La belleza de Norma cautivó a Conover, quien la propuso dejar su empleo y comenzar a trabajar como modelo profesional. A pesar de la oposición que su marido mostró desde el frente, Norma Jeane Monroe abandonó el hogar de sus suegros y se instaló por su cuenta tras firmar con la agencia de modelos Blue Book, en agosto del 45.

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En un principio, Norma pensaba que las sesiones fotográficas se realizarían con fines publicitarios, principalmente de marcas familiares; sin embargo desde la agencia se le convenció de que su exuberante físico era más apropiado para el modelaje pin-up. Así pues, a partir de ese momento, Norma comenzó a posar de forma sugerente en ajustados trajes de baño y poses sensuales, realizando también una serie de desnudos artísticos. Su imagen comenzó a cambiar, alisando su rizada melena castaña y decolorándola de rubio, emulando a su idolatrada Rita Hayworth. Pronto, Norma comenzó a copar las portadas de un buen número de revistas y su estatus como modelo subió como la espuma.

Para el año 1946, ya había solicitado formalmente el divorcio de Dougherty, y su ambición la llevó a fijar su mirada en la industria cinematográfica, a causa de la gran afición al cine que había desarrollado durante su infancia y que a menudo le hacía distraerse momentáneamente de los horrores que sufría. Así pues, Norma preparó una prueba para Paramount Pictures que resultó ser un fracaso debido a su inexperiencia en el séptimo arte, pero Ben Lyon, un avispado ejecutivo de 20th Century Fox apareció en su rescate y organizó una audición personalizada bajo la atenta mirada del mandamás de los estudios, Darryl F. Zanuck. A pesar de que Zanuck no quedó satisfecho, Lyon supo convencerlo de su contratación argumentando que si la rechazaban, los estudios de la competencia podrían contratarla y hacer de ella una estrella. Finalmente Zanuck le entregó un contrato de seis meses, y Lyon le ayudó a encontrar su nombre artístico: Marilyn Monroe, basado en la intérprete teatral Marilyn Miller, con la que guardaba cierto parecido físico; y en el nombre de soltera de su madre Gladys.

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Durante los seis meses que tenía de contrato, los estudios se ocuparon de formarla en interpretación, baile, canto, y también la mostraron todos los entresijos de la industria hollywoodiense. Para ello la becaron en el Actors Laboratory Theatre, una prestigiosa escuela de formación interpretativa fundada por una serie de estrellas entre las que figuraban el director Jules Dassin o el actor Lloyd Bridges. Como su formación progresó a un buen ritmo, la Fox le amplió el contrato y le dio la oportunidad de debutar en la gran pantalla con una serie de cameos en producciones como ‘Años peligrosos’ (Arthur Pierson, 1947) y ‘Tormentas de odio’ (F. Hugh Herbert, 1948). Sin embargo, su gran timidez e inseguridad hicieron que la 20th Century Fox dejara de apostar por ella un año más tarde, rescindiendo su contrato a mediados de 1947, lo que le obligó a trabajar de nuevo en la fotografía erótica y a aparecer como extra en algunos musicales.

La amante voraz que se propuso triunfar en Hollywood

Pero esto no desanimó a Monroe, quien utilizó todas sus artimañas para regresar triunfalmente a la industria cinematográfica. Para ello, comenzó a tejer una red de poderosos contactos que le permitieran conseguir una segunda oportunidad. De este modo, la aspirante a actriz entabló relación con la columnista del mundo del espectáculo Sydney Skolsky, con quien trabó una gran amistad, y comenzó a dejarse ver en muchas de las fiestas a las que asistían importantes ejecutivos de los estudios y otras personalidades de relevancia, lo que la llevó a implicarse sexualmente con el ejecutivo de la Fox, Joseph M. Schenck, que intercedió en su nombre para conseguirle un contrato en Paramount; y más tarde con Johnny Hyde, vicepresidente de la agencia de modelos William Morris Agency, quien la consiguió un par de escuetos papeles en dos de los clásicos más inmortales de la historia del séptimo arte cuando todavía era una desconocida, ‘La jungla de asfalto’ (John Huston, 1950) y ‘Eva al desnudo’ (Joseph L. Mankiewicz, 1950).

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Sus brevísimas apariciones en sendos éxitos de taquilla hicieron que su estatus mejorara ligeramente, y su amante, Johnny Hyde, consiguió renegociar en su nombre un nuevo contrato con la 20th Century Fox. Sin embargo, para disgusto de Monroe y de su carrera interpretativa, Hyde murió inesperadamente de un fulminante ataque al corazón, dejando a la incipiente promesa sin un padrino dentro de la meca del cine.

Aún así, la actriz comenzó a multiplicar el número de sus apariciones y de su tiempo en pantalla, pero aunque su popularidad ascendió rápidamente, todavía estaba lejos de alcanzar el firmamento hollywoodiense. Durante esta etapa, Monroe comenzó a asistir a la Universidad de California, donde se matriculó en Arte y Literatura. De manera paralela, su agitada vida romántica continuaba implicándola con diferentes personalidades a la velocidad de una locomotora, siendo relacionada con los cineastas Elia Kazan y Nicholas Ray, o con los intérpretes Yul Brynner y Peter Lawford, hasta que a comienzos de 1952 la prensa rosa se hizo eco de un mediático romance con la ex estrella de los New York Yankees, el beisbolista Joe DiMaggio.

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No obstante, pocos meses después su proyección artística y su reputación estuvieron a punto de romperse en mil pedazos cuando la actriz fue protagonista de un gran escándalo tras hacerse públicas las fotografías en las que había posado desnuda durante su época como modelo pin-up. Por consejos de los estudios, la actriz dio la cara públicamente y argumentó que la necesidad económica le había obligado a aceptar ese trabajo en el pasado. Lejos de dañarla, este escándalo aumentó el interés de gran parte del público por ella, y rápidamente se convirtió en el icono sexual de toda una generación, siendo defendida y alabada por personalidades tan influyentes como la también columnista Hedda Hopper.

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Todo ello supuso un nuevo empujón a su carrera, quizás el último antes de alcanzar el éxito y la fama internacional, mientras firmaba un par de nuevos trabajos, ‘Niebla en el alma’ (Roy Ward Baker, 1952) y ‘Encuentro en la noche’ (Fritz Lang, 1952), en esta ocasión con un rol notablemente más protagonista. En este punto, su transformación en la inmortal estrella que quedó grabado en el imaginario popular era casi total. Marilyn supo retocar sutilmente su imagen para promover aún más si cabe su sensualidad, a través de una media melena rubia platino, unas cejas arqueadas, unos labios pintados de rojo intenso, y un sugerente lunar.

También fue en esta etapa donde comenzó a ganarse su fama de actriz difícil de dirigir en el set, que la hacía llegar tarde habitualmente a los rodajes, olvidar continuamente sus frases, e insistir en repetir sus escenas hasta que ella quedase personalmente complacida con su trabajo, una dinámica que se relacionó con su gran inseguridad y su perfeccionismo. Al mismo tiempo, para calmar sus grandes problemas de ansiedad y un insomnio crónico que la impedía descansar debidamente, la actriz comenzó a automedicarse con tranquilizantes y anfetaminas, además de comenzar a beber de manera desaforada. Tan solo un año más tarde, la actriz estrenó en un mismo año las tres películas que le sirvieron para alcanzar el éxito mundial y que la convirtieron en una de las personas más famosas del planeta Tierra: ‘Niágara’ (Henry Hathaway,1953), ‘Cómo casarse con un millonario’ (Jean Nagulesco, 1953), y ‘Los caballeros las prefieren rubias’ (Howard Hawks, 1953). 

Texto:Por Fernando Sánchez

Foto/Via: Fotogramas

 

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