Una apuesta segura con aroma a clásico.
La gesta que relata 'Tenzing' sucedió en 1953, cuando Tenzing Norgay y Sir Edmund Hillary se convirtieron en los dos primeros hombres en pisar la cima del mundo, el Everest. En efecto, desde el principio sabemos cómo acaba el debut en la dirección de largometrajes de ficción de Jennifer Peedom, quien en su currículum tiene documentales como 'Sherpa' o 'Mountain'.
A Peedom le gusta y sabe de qué va el tema, siendo máximo el respeto con el que visualiza esta historia, lo dicho, con aroma a clásico. 'Tenzing' podría haberse rodado de 1953 en adelante, prácticamente de igual forma que lo ha hecho en 2026. Una películas sobria, contenida, elegante. Una película tan convincente como honesta que ni sorprende ni decepciona.
Como puede ni sorprender ni decepcionar decidir subir a un monte, y después, subirlo. 'Tenzing' podría haberse rodado de 1953 en adelante, prácticamente tal cual, porque su aroma a clásico surge de la intemporalidad de un trabajo bien hecho que ignora cualquier moda. El abc del cine. Sólo Tom Hiddleston, Willem Dafoe y el logo de Apple nos ayudan a fijar un marco temporal.
El abecé del cine: contar una historia de manera tan aplicada como correcta, tan elegante como eficiente. 'Tenzing', obviamente, no sorprende en cuanto a hechos, ni en cuento a maneras. Pero sí en cuento a lo bien que funciona sin perder nunca la educación y el respeto, tanto hacia la historia como hacia el espectador, muy a gusto en la seguridad y calidez de su hogar.
Es quizá lo que más define a películas como la presente: verla acomodado en el sofá, bajo una manta y con un chocolate caliente en una mano mientras se admira a aquellos honorables valientes que, por lo que sea, se levantan del sofá y salen a la calle a hacer cosas. Cosas que a simple vista, más de 70 años después, pueden ser tan triviales como subir a lo alto del Everest.
Un lugar ahora "colapsado" por esa plaga del siglo XXI que son los turistas con móviles y sueños de influencer. En su clasicismo, 'Tenzing' revive con buena letra esa sensación de humilde alegría contenida de los viejos tiempos que algunos añoramos cuando, en resumen, todo era tan sencillo y puro como en apariencia auténtico. También se subía para hacerse la foto...
... pero maravillado por las vistas, era lo último que hacías mientras compartías el momento con quien fuera tu acompañante. Y aunque igualmente pudiera ser para fardar, no sólo lo hacías para fardar, sino sobre todo por algún tipo de necesidad o vocación personal. De ahí que no te llevases una foto a casa, sino una experiencia (y puede que una amistad) para toda la vida.

Por Juan Pairet Iglesias
Via: El séptimo arte

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